jueves, 7 de mayo de 2026

Madre

 


Es fascinante cómo cambia nuestra perspectiva de las cosas a medida que crecemos, maduramos, vivimos…

No sabría decir si hace mucho o poco, el tiempo es, cada vez más, relativo. Pero sí sé que se siente como si hiciese entre segundos y una eternidad…

Cuando hablo con alguien de cosas que cuesta entender hasta que las sientes, siempre pongo de ejemplo a mi madre. Siempre cuento ese recuerdo tan cercano y distante a la vez, en el que era incapaz de comprender el por qué mi madre a veces tenía que salirse de lugares abarrotados de multitud. Un día me dijo que se trataba de ansiedad.

Ansiedad… Yo no tenía la menor idea de qué era eso.

Reconozco, avergonzado y sintiendo repudio de mi yo de aquel entonces, que llegué a reírme, e incluso enfadarme en aquellas situaciones.

Por suerte no tardé demasiado en comprender a qué se refería. Y sí, digo por suerte y no por desgracia, pues prefiero sentir la ansiedad en mis carnes y comprenderlas, a seguir juzgando desde la ignorancia a quienes la sufren.

Y fue con el tiempo y con experiencias similares lo que reforzaron lo que, para mí, es una de las mejores enseñanzas o valores que me inculcó mi madre:
No juzgues a nadie. Cada uno está librando su propia batalla.

En sus propias palabras: “en la vida solo vemos pequeñas pincelas…”.

Yo comprendo, y de la misma manera, tampoco juzgo a aquellos que no pueden evitar juzgar. Cada persona, cada alma, siente las cosas a su propia manera.

Fue así como, entre muchas otras cosas, comprendí que aquello no mostraba debilidad por parte de mi madre. No, tener que salir de la tienda no le hace débil. Al contrario.
Creo que no hay mayor signo de valentía que el exponerte a algo, a un peligro, a una situación que sabes que te hará pasarlo mal.

No importa que tengas que salirte de la tienda, lo verdaderamente importante es el hecho de que has salido de casa, has ido hasta allí, has entrado, y has aguantado el tiempo que sea. Eso es valor, es valentía.

Mi madre nunca ha sido una persona débil, no. Es una persona valiente, que se ha expuesto una y otra vez a cuando peligro apareció en el camino.

 

Por otro lado, también me enseñó que la fuerza se presenta de diversas formas.

No eres más fuerte por golpear más duro.
No eres más fuerte por no llorar.
No eres más fuerte por no sentir.

La verdadera fortaleza reside en aguantar los golpes.
Reside en permitirte llorar sin miedo.
Reside en, pese al dolor, permitirte sentir.

Tengo la gran suerte de reconocer fácilmente la fortaleza en las personas, pues he tenido grandes ejemplos de ello. Aunque en esta entrada me voy a centrar en uno solo:

Reconozco la fortaleza porque me ha criado una persona que, sin importar qué, sin detenerse ante los golpes, sin dejarse avasallar por nadie, siempre ha seguido ahí. Siempre ha seguido en movimiento, aunque fuese dando vueltas por el pasillo de madrugada.

Reconozco la fortaleza porque he visto como mi madre ha superado cada obstáculo de la vida sin rechistar. Y os aseguro que no han sido pocos los golpes y los impedimentos.

Hubo tormentas de una magnitud que solo Dios sabe, hubo momentos en los que la vida llegó a extremos de los que no parecía haber salida… Y ella siempre estuvo ahí, sin importar qué.

No ha sido fácil, y reconozco que a veces, yo mismo lo he complicado. Pero ella siempre está ahí. Para mí, para mi hermana, para quien lo necesite.

Porque eso es otro de los valores que más admiro; la bondad.

Sabe Dios que ha tenido motivos más que de sobra para volverse una mala persona, para contestar de malas formas, para apartarse cuando alguien no ha merecido ayuda… Pero ella está ahí.

Doy gracias a que es algo que yo mismo he interiorizado. Puede venir en una situación muy precaria alguien que me ha hecho mucho daño, que yo no voy a dudar en ayudarle. Ante todo, somos personas, seres vivos, almas. No dejaré que el sediento muera deshidratado si tengo agua para ofrecerle.

 

Creo que mi madre siempre ha sido (y sigue siendo) como un rayo de luz para aquellas personas que caminan en la oscuridad.

A lo largo de mi vida he visto a mucha gente muy perdida acudir a ella, y he visto con mis propios ojos como muchísima de esa gente encontraba su camino gracias a esa luz.

Como si fuese un faro que ayuda a los barcos perdidos a encontrar su puerto… Y como pasa con los faros y los barcos, muchas de esas personas se marcharon para no volver.

Pese a ello, ella siempre está ahí. Dispuesta a arrojar luz sobre los demás, aunque a veces ella misma está a oscuras. Siempre dispuesta a recordarnos a todos que “lo mejor está por llegar”.

Sinceramente, yo no sé si lo mejor está por llegar o no, pero sé que, sabiendo que ella está ahí, lo que venga no será tan malo.

 

Como decía al abrir esta entrada, la vida nos abre nuevas perspectivas a medida que crecemos.

Hace poco, por ejemplo, me di cuenta de algo que no se me había pasado antes por la cabeza.

Mucha gente y muchas veces, y me incluyo en esto, nos hemos metido con mi madre por “cutre”. Expondré alguna de esas situaciones.

Cuando alguna cosa se rompe, o falla, o necesita alguna cosa, siempre verás a mi madre con su fiel pistola de pegamento para hacerle un apaño que solvente el problema en cuestión.

Otra situación es cuando, por ejemplo, ha necesitado cubrir algo en el jardín, en casa… Donde sea. Ella no duda en agarrar un puñado de bolsas o sacos de basura, unas tijeras, celo, y te prepara en un santiamén una carpa, una funda protectora, un toldo…

Y con esas mismas bolsas de basura, y otras cosas, te crea un montón de adornos para Halloween, consiguiendo que la casa sea la envidia del barrio.

Sé que mucha gente, al leer estas situaciones, pensará “qué cutre…”, pero yo os doy la perspectiva que encontré hace poco:

Donde unos ven algo cutre, yo veo resolución de problemas.
Donde unos ven algo cutre, yo veo pensamiento lateral.
Donde unos ven algo cutre, yo veo supervivencia.

Veo a una mujer a la que la vida nunca se lo ha puesto fácil, que no ha tenido apoyo, ni medios, ni a veces recursos suficientes, pero a la que nada de eso le ha impedido salir adelante.

Siempre ha encontrado la manera de superar cada obstáculo, de solucionar cada problema, de sobrevivir sin necesitar depender de nadie.

Algunos verán cutrez, yo veo ingenio, imaginación, fuerza, voluntad, valor.

Veo a una mujer valiente, fuerte e ingeniosa, que ha solucionado cada problema que se ha encontrado.
Veo a la mujer que siempre ha estado ahí, que siempre ha luchado, que siempre lo ha dado todo por nosotros.
Veo a la mujer que me inculcó el amor por la escritura, la empatía, la comprensión, el valor, la independencia…
Veo a la mujer que me dio la vida, y que me la salvó en numerosas ocasiones.

Veo a mi madre, y no puedo estar más orgulloso de ella.

Gracias por estar ahí siempre.

 

miércoles, 29 de abril de 2026

1.072.972.380



1.072.972.380

17.882.873

298.047

12.418

1774

407

34

En este preciso momento, en este segundo, este minuto, esta hora...

Pasan los días, pasan las semanas, los meses...

Pasan los años.

No negaré que he disfrutado mucho de muchos momentos, pero tampoco negaré que el camino hasta aquí ha sido, cuanto menos, complicado.

Hace poco hablaba con alguien a quien tengo alta estima sobre la complejidad de los cumpleaños.

Cuando eres pequeño, te hacen ilusión, son importantes, porque estás rodeado de tus seres queridos, de tu familia, de todas aquellas personas que están a tu lado, que amas y que te aman.
El tiempo parece detenerse cuando eres pequeño y vas a soplar las velas.

Observas la llama bailar mientras todos te cantan.
Te sientes nervioso, te sientes feliz, te sientes pleno.

Quizás no te paras a pensarlo en aquel momento, no necesitas pensarlo. Estás allí, rodeado de todos cuantos amas, y por un momento, aquello parece eterno.

Pero no lo es... El tiempo continúa, sigue avanzando. Jamás se detiene para esperar a nadie.

A medida que creces, los cumpleaños empiezan a cambiar la tonalidad.
Se convierten en una ocasión especial en la que reunirte con tus seres queridos y celebrar. Celebrar que seguís ahí, que todavía tenéis tiempo.
Y, de una manera muy distinta, el tiempo parece detenerse de nuevo.

Pasan los años, a veces más, a veces menos, pero llega el año en el que ya no están todos, en el que falta alguien a tu lado cuando vas a soplar las velas.

Allí te haces más consciente, te das cuenta de que el tiempo nunca se detuvo, y nunca lo hará.

Ya no sientes que se detenga, pero rezas, deseas que lo haga.
Que se detenga antes de que falte más gente.

Pero no lo hace, no espera por nadie.

Cada año hay más velas en tu tarta, más canas en tu pelo, más arrugas en tu rostro... Y menos seres queridos a tu lado.

Tal vez no para todos sea el mismo proceso, pero para mí lo es.

Llega un año en el que miras a tu alrededor, y todo ha cambiado radicalmente.

Todavía hay gente a la que amas tu lado, todavía tienes tiempo, todavía queda vida.

Pero falta más gente de la que hay.

Y una vez más rezas, deseas que el tiempo se detenga.
Antes de que falte más gente, antes de que tú mismo faltes.


Yo sé que esta entrada es demasiado poco alegre, y siento que así sea, de verdad.
Mas no puedo evitar mirar hoy a mi alrededor, y echar de menos a todas aquellas personas que, por el motivo que sea, ya no están a mi lado.

No puedo evitar echar en falta las palabras, los abrazos, las sonrisas de aquellos que hoy ya no están.

Ya no rezo ni deseo que el tiempo se detenga, ahora deseo algo mucho más complicado, ahora deseo que retroceda.

Deseo que me traiga de vuelta a aquellas personas.

Deseo que me deje abrazar a mi abuelo una vez más, que me deje dar un paseo nocturno más con mi antiguo hermano, que me deje rodearme una vez más con todos los que he amado.

Pero el tiempo solo va hacia una dirección, no hay de otra.

Y mientras aún me quede tiempo, intentaré disfrutar del mismo.

Intentaré continuar con ilusión.


Pese a todo, no quería terminar esta entrada, en este día, sin mandar un agradecimiento a todos aquellos que han dejado huella en mi corazón.

Gracias.

«Escribo estas palabras por si me tuviese que ir,
o por si fuesen otros los que se marchasen,
porque no quiero dejarme nada sin decir,
por si de pronto mis latidos cesasen.

En esta vida extraña ahora solo quiero agradecer,
por lo que he vivido, por lo que no he podido,
porque pese a todo siempre pude ver amanecer,
y todas las tormentas he resistido.

A mis padres, artífices de mi ser,
ellos que lo han dado todo para verme crecer,
haciendo malabares para no dejarme caer,
y pasando hambre ellos para darme de comer.

Nada sería yo sin vuestro amor,
nada ya tendría el mismo color.
Nadie habría en el mundo que llenase el vacío,
porque yo seré vuestro mundo, pero vosotros sois el mío.

A mi hermana, compañeros en la lucha,
paseando a altas horas de la madrugada,
sabiendo que al hablar el otro siempre escucha,
y que nada romperá este vínculo, nada.

¿Qué no hemos vivido nosotros?
Recolectores y mensajeros para otros,
para aquellos que se han entrometido,
y es que nadie con nosotros ha podido.

A Laura mi pareja, siempre a mi lado,
apoyando cualquier locura que me haya inventado,
levantando mi puño cuando yo no puedo,
y avivando ella misma mi propio fuego.

¿Qué no hemos vivido en lo que parece un suspiro?
Juntos contra todo contratiempo y enemigo,
ya hace tiempo que por ti respiro,
y así seguiré, porque estás conmigo.

Y esto va por ti, abuelo,
ahora que nos cuidas desde el cielo,
siempre fuiste y serás de mis seres más queridos.
Tu marcha nos dejó profundamente heridos.

Mas estoy agradecido por el tiempo que pasamos,
por aquellos buenos años que ninguno olvidamos.
Fuiste un gran hombre que siempre nos cuidó,
y que siempre lo mejor a nosotros nos dio.

Maite, abuela, ambos lo sabemos,
que aquellos años en Sevilla pude comer por tu ayuda,
porque a veces llegamos a ciertos extremos,
y tu me ayudaste sin ninguna duda.

Mi mayor fan, mi máxima lectora,
mis libros tienen tu apoyo entre sus páginas escrito,
a veces una luz entre la oscuridad aflora,
yo te tengo un agradecimiento infinito.

Víctor, hermano, no importan los años,
que pasen desde que nos volvimos dos extraños,
siempre serás mi hermano, incondicionalmente,
aunque todo aquello ya solo quede en mi mente.

Fuimos hermanos en batalla contra el mundo,
cuando solo obteníamos un odio nauseabundo,
solos tú y yo, no importaba nada más.
No olvidaré nuestra amistad jamás.

Yo sé que hay mucha gente a la que me dejo en el tintero,
que son demasiadas personas las que han pasado por mi vida.
A todos vosotros quiero deciros que os quiero,
que sois vosotros los que hacéis que merezca la pena ser vivida»

GRACIAS

viernes, 17 de octubre de 2025

Desconexión

 


Estamos en una era en la que conectar con otras personas es más sencillo que nunca. Hay mucha más accesibilidad a información, datos, personas… Ahora podemos mandarle una “carta” a alguien en la otra punta de la Tierra en apenas segundos.

Tenemos la posibilidad de conocer muchas y diversas opiniones, de hablar, de debatir… De comprender.

Últimamente se escucha aquello de que el mundo es un lugar más comprensivo ahora, más tolerante, más inclusivo…

Sinceramente, para mí es una disonancia cuando nos paramos a analizar algunos datos. No entraré en detalle, todos sabemos bien que la estadística tiene una profundidad enrevesada, pero sí es una realidad que la cantidad de suicidios o intentos de ello, así como el consumo de antidepresivos, ansiolíticos y benzodiacepinas ha aumentado de manera alarmante, y sin vistas de descender a corto plazo.

Hoy mismo he leído otra noticia sobre un caso de bullying que ha terminado con un adolescente quitándose la vida. No es ninguna novedad, por desgracia.

Pese a que nos empeñamos en ver el presente como algo mejor, como algo bonito, e intentemos, como sociedad, mirar hacia otro lado ante los problemas evidentes, el mundo sigue siendo un lugar que deja mucho que desear.
Y podríamos seguir si profundizamos en el tema de la criminalidad o de las adicciones. Y mejor no hablar del aumento drástico de las personas en situación sin hogar.

Es evidente que las cosas no están yendo del todo bien, que todavía queda mucho trabajo por hacer, y que hay muchas personas que se sienten perdidas y desamparadas.

Podríamos abrir un largo debate sobre a qué se debe todo esto.

¿Es culpa nuestra como personas? ¿Es culpa nuestra como sociedad? ¿Es culpa de alguien más?

Todos podemos mirar hacia adentro, hacia los lados, hacia arriba… Pero la realidad es que mucha gente prefiere, simplemente, no mirar hacia ningún lado.

“Ojos que no ven, corazón que no siente”, y así sigue la sociedad con una venda sobre sus ojos. Caminando en línea recta hacia un desfiladero, sin siquiera detenerse un segundo a cuestionar.

Y la realidad es que, tal vez nuestro corazón no sienta ese dolor, pero… ¿Qué hay del corazón de la persona que tenemos al lado? ¿Qué hay de todo ese dolor que aumenta? ¿Dónde quedan todas esas personas que se sienten solas y perdidas? Quizás, si nos atreviésemos a mirarnos a los ojos los unos a los otros, el mundo sería un lugar distinto.

Es entristecedor ver cómo, pese a todas las posibilidades que estos tiempos nos ofrecen, el ser humano parece estar cada vez más desconectado de todo y todos cuanto nos rodea.

Quizás nos quede un largo recorrido para lograr construir un mundo mejor para todos, un mundo en el que cada persona pueda ser quién realmente es, sin temor a ser juzgado, criticado, o atacado por aquellos que desprecian o temen todo aquello que no comprenden.

Tal vez pensar en un mundo así no sea sino una utopía, una ensoñación de un iluso que se niega a dejar de soñar.
Y con todo ello, me gusta pensar que estamos encaminados, que vamos en buen rumbo para acercarnos a ello.

Pero dudo de ello, dudo de todo. 
“Dudar es de sabios, solo un necio da las cosas por sentado”.

viernes, 8 de agosto de 2025

Avance y retroceso


La vida avanza, y yo he avanzado con ella, no lo negaré.

Las cosas han mejorado mucho.
He salido de situaciones peligrosamente dolorosas y complicadas, mi familia ha conseguido, por fin, algo de paz también.

He conseguido un trabajo que me hace feliz, que me llena, con unos compañeros a los que estoy eternamente agradecido por cómo hacen las cosas, por su buena actitud, por su empeño, y por aguantar mis largas horas desvariando y hablando sin parar.

He conseguido mudarme con mi pareja de nuevo, a un lugar bonito, un lugar distinto al resto de lugares en los que he vivido. Un sitio que realmente me gusta.

Terminé mi saga, publiqué un poemario ilustrado con mi pareja, a través de una editorial. Y tengo un montón de proyectos en marcha.

Estoy relativamente bien de salud.

En rasgos generales, la vida me va bien, y debería estar feliz.


Entonces… ¿Por qué me siento así?

¿Por qué no puedo dejar de sentir esta soledad, esta tristeza, este dolor desgarrador que me está volviendo loco?

¿Por qué no soy capaz de recuperarme del daño?

No sé qué está mal en mí, pero hace tiempo que no disfruto ni siquiera de mis “logros”.

Terminé la saga, y siento más tristeza por ello que alegría.

Quiero más, necesito más.

 

Nada parece llenar este vacío que me consume desde dentro, que me atrapa y me arrastra hacia esa Oscuridad que me lleva persiguiendo toda la vida.

¿Por qué no puedo sentirme bien?

¿Qué diablos necesito? ¿Qué estoy buscando?

“¿Y qué buscas?” me preguntaron una vez. Desde entonces lo que busco es la respuesta a esa pregunta.

 

Antaño afirmé ser un buscador de la Verdad, no sé si la encontraré algún día, pero tampoco sé si hacerlo me destruiría.

¿Cuál es la Verdad? ¿Qué haría con ella?

Siento que voy detrás de algo que quizás ni siquiera existe, y el problema es que tampoco sé de qué se trata.

¿Cómo puedo ansiar tanto algo que desconozco?

 

Hay personas que me ven como alguien negativo, siempre ha habido gente que me consideraba así. Puedo entender por qué.

Pero la realidad es muy distinta.

No soy una persona negativa, no soy un desesperanzado, un resignado. No soy solo oscuridad.

El problema es que, pese a todo, sigo siendo un iluso, un idealista, un soñador. Sigo sintiendo una fe ferviente, y viendo el mundo como un lugar lleno de luz y esperanza.

Y eso es doloroso, porque no puedo evitar sentir algo tremendamente oscuro y dañino que trata de robar esa luz.

Observo a mi alrededor, y siento que el mundo está lleno de monstruos.

Veo tantas incongruencias, tantas injusticias, tanto dolor innecesario… Tanta maldad.

Tanta gente sufriendo sin motivo, sin sentido, sin tenerlo merecido.
Dolor causado por monstruos disfrazados de humanos, solo para alimentar su propio ego.

Tanta gente sola, silenciada e incomprendida…

El mundo es un lugar lleno de luz, pero se empeñan en intentar apagarlo.

 

Ya lo dijo William Shakespeare: “El infierno está vacío y todos los demonios están aquí.”

viernes, 25 de julio de 2025

Ruido y silencio


A veces, el silencio y el ruido se presentan de formas muy distintas.

Hay momentos en los que, pese a todo el ruido exterior, tú sientes un silencio desolador. Tanta gente, tantas personas en el mundo y, sin embargo, nadie parece decir nada.

Observas a tu alrededor, buscas algo en sus miradas, una chispa, un reflejo. Cualquier indicio de que están realmente ahí, de que pueden verte.

Pero lo único que encuentras ese ese desgarrador silencio que reafirma la soledad en la que estás sumido.

Lanzas gritos de auxilio, intentas desesperadamente que alguien te escuche, pero, dentro de ese terrible ruido nadie puede oírte. Solo hay silencio.

Y es en ese momento en el todo cambia. Poco a poco, dejas de escuchar el ruido que te rodea. Empieza a hacerse imperceptible, hasta que dejas de escucharlo por completo.

Ahí es cuando comienza el verdadero ruido.

Tu mente grita, lanza alaridos de dolor. Miles de pensamientos por segundo.

Empiezas a sentirte desbordado.

Sientes que no eres nadie, que no eres nada.

Nadie puede verte, nadie quiere verte.

Has buscado ayuda, has suplicado clemencia.

Has confiado en aquellos que se acercaron presentándose como aliados, pero que luego fueron los primeros en apuñalarte por la espalda y pisotearte.

Has perdonado, y, con mucho esfuerzo, has conseguido volver a abrirte ante otras personas. Has vuelto a confiar en ellos, incluso a quererlos...

Solo para que, una vez más, te hayan apuñalado en lo más profundo de tu ser.

Llegas a niveles de desesperación en los que te planteas realmente si todo esto merece la pena.

El dolor se hace tan grande que sientes que estás enfermando.
Cada respiración te duele, cada latido de tu corazón se siente como puñales clavándose.

Apenas duermes, y lo poco que lo consigues, tienes pesadillas.

Ni siquiera hallas consuelo en tus sueños.

El tiempo avanza, y tú te vas transformando.

Cada pequeño detalle, cada desilusión, cada decepción... Todo ha ido contribuyendo a que te conviertas en quien eres ahora.

Te miras al espejo y ya ni siquiera te reconoces en él.

Entre todo el escándalo de tu mente, hay un pensamiento que cada vez va tomando más y más peso: "¿Para qué seguir?".

Comienzas a plantearte cosas, a perder poco a poco la cabeza.

Piensas que, si dejases este mundo repentinamente, no le importaría prácticamente a nadie.

Pese a todo, y sin tener claro el motivo, sigues adelante. Luchando contra un mundo hostil con aquellos que no siguen los patrones de la impuesta "normalidad", luchando contra monstruos egoístas y sádicos que se regocijan de tu sufrimiento.

Luchando contra tu propia mente, contra tus propios pensamientos.

Llegas a un punto en el que realmente no sabes si todo es real, o tan solo estás atrapado en una pesadilla.

Pero sigues caminando, no te detienes. No te permites desfallecer.

Pase lo que pase, sigues adelante.

Con el tiempo tu personalidad y tu forma de pensar han cambiado tanto que ya apenas te reconoces.

Dejas de buscar esa chispa o reflejo en la mirada de los demás.

Dejas de buscar esa conexión con otras personas.

Dejas de buscar ayuda ahí fuera.

Dejas de confiar.

Y otra vez, ruido y silencio vuelven a cambiar.

Ya no hay un silencio y un ruido, ahora hay una mezcla de ambos en la que has aprendido a moverte.

Te has curtido, has desarrollado fortalezas, y has aprendido a caminar a solas.

No necesitas a nadie, puedes vivir perfectamente por tu cuenta.

Pero, sin embargo, algo dentro de ti se niega a soltar ese deseo.

Algo en interior que no has logrado silenciar, sigue fijándose en la mirada de los demás. Esperando encontrar esa chispa o reflejo.

A veces ni siquiera eres consciente de ello, pero está ahí, oculto en ti.

Entre todo el ruido se abre una pequeña franja de silencio en la que puede escucharse una pequeña voz.

jueves, 23 de enero de 2025

23/01/2025

 


Hace algún tiempo que no escribo por aquí, demasiado.

No es porque sienta que no tenga nada que decir, al contrario. En innumerables ocasiones he sentido el deseo de publicar algo, incluso se me han ocurrido ideas que considero buenas para venir aquí a plasmarlas.

Sin embargo, cada vez que me pongo ante la hora en blanco, siento que no soy capaz de escribir nada.

Como si un silencio ensordecedor se adueñase de mi mente y enmudeciese a mis manos.

 

Me detengo a pensar en los últimos meses, y me doy cuenta de que llevo en una “caída libre” demasiado tiempo. Pero si echo la vista aún más atrás, me estremece darme cuenta de que, en realidad, ni siquiera recuerdo el momento en el que empecé a caer.

Hoy me fui a comer a un restaurante sin más compañía que mi cuaderno y mis bolígrafos. Y allí estuve, comiendo rodeado de gente, pero sintiendo que estaba solo en el mundo.

Estoy seguro de que muchos de vosotros os habéis sentido así en algún momento de vuestras vidas. Completamente rodeados de personas, pero sintiendo que no eran otra cosa que relleno en un mundo inmensamente vacío.

Y, precisamente, sobre eso he escrito en mi cuaderno, así que he decidido probar algo “nuevo”.

No voy a escribir aquí, en “frío”, los pensamientos que vinieron a mi mente en esos momentos. Voy a dejar que los leáis tal cual salieron de mí.

Espero que la vida os trate bien.

Un abrazo.


viernes, 14 de junio de 2024

Solos y perdidos




A lo largo de esta vida he aprendido muchas cosas. Algunas muy útiles, otras no tanto.

No he pasado una vida fácil, pero trato de sacarle el mayor provecho a ello. Intento aprender de cada paso que he dado, de cada piedra con la que he tropezado...

El caso es que muchas noches, cómo hoy, en las que Morfeo llega tarde a su cita conmigo, me pongo a pensar y darle vueltas a la cabeza.

Y hoy me ha tocado ponerme a pensar en todas aquellas personas que sufren en silencio.
¿Cuánta gente habrá a nuestro alrededor que cargan con un terrible pesar?
A veces es fácil de detectar, pero otras...

Algunas personas lo ocultan muy bien, tras una enorme sonrisa, tras una máscara casi perfecta... Pero si eres capaz de ver más allá, de leer sus miradas, sus almas, o incluso su energía, te darás cuenta de que hay todo un mundo detrás.

Precisamente esta entrada va dedicada a todas esas personas que se siente al límite en sus vidas, que siente como todo se derrumba sobre ellos, y que no ven la salida del túnel.
Porque, ¿Sabéis qué? Algunas personas podemos ver a través de esas máscaras, podemos ver y sentir vuestro dolor, vuestro sufrimiento.

Yo sé de primera mano que a veces sentimos que vamos directos al abismo sin remedio, que no hay nadie en este mundo que entienda cómo nos sentimos, y que no hay forma de cambiar todo esto.

Y si, sé que es muy difícil de creer, que es muy difícil tener fe en que todo mejorará, pero lo hará, estoy seguro.
La luz está ahí, es solo cuestión de tiempo que llegues a verla.

Aguanta, lucha, vive.

Como dice mi madre: lo mejor está por llegar.

jueves, 23 de mayo de 2024

Carta al pasado

 


Hola.

Ya, lo sé. Te preguntarás que por qué te escribo después de tanto tiempo sin saber nada el uno del otro… Entiendo que se te haga raro, pero bueno, aquí voy.

¿Cómo te va todo? Espero que bien. Me enteré de algunas cosas, ya sabes que las noticias vuelan.

El caso es que estoy pasando unos días en nuestro viejo barrio y me he acordado de ti. Pasamos tantas cosas en este sitio… ¿Cómo olvidarlo?

Pues resulta que hoy me ha dado por salir a pasear. He estado un buen rato recorriendo las calles, los campos, los parques... Todos aquellos lugares que antaño recorríamos a diario.

Ya sabes que soy una persona un tanto melancólica, y es que este lugar está lleno de momentos, de anécdotas, de alegrías, de tristezas… Ha sido una sensación agridulce.

Cada rincón de este barrio tiene algo que me trae recuerdos, ecos del pasado que aún resuenan en mi memoria. Cómo el viejo parque al que me llevaba mi abuelo de pequeño, mi antigua casa, la misma en la que vivimos innumerables situaciones, el campo por el que paseábamos a los perros, el parque de la guardería al que solíamos ir a merendar y charlar…

Podría pasarme horas contando batallitas sobre las calles que nos vieron crecer, ya sabes que cuando me arranco a hablar, no paro… Pero no quiero ponerme melancólico. Además, tengo novedades que contarte. No te lo vas a creer.

A medida que caminaba y observaba mi alrededor, una sensación extraña me invadía. Me he sentido raro, como sí, pese a todo, no reconociese el barrio. Pasamos aquí cerca de veinte años, pero ahora todo es distinto.

¿Te acuerdas del skate park? No todo el mundo se atrevía a pasar por allí, salvo para lo que tú ya sabes. Total, el parque en el que estaba, ese mismo que muchos evitaban… Pues ha cambiado completamente.

En primer lugar, han quitado toda la parafernalia que tenían montada, y han puesto un parque infantil bastante grande. Sí, es un cambio radical, pero no acaba ahí: el parque estaba lleno de familias con niños jugando y riendo. ¿Te lo puedes creer? Porque yo todavía no salgo de mi asombro.

Bueno, continué mi camino, y llegué a nuestro antiguo instituto, lugar en el que pasamos los peores años de nuestras vidas. Siempre lo recordaré como un infierno, una cárcel con vallas altísimas para que nadie escapase. Reconozco que al pasar por delante me ha invadido un sentimiento de ira y nostalgia.

¿Pero sabes qué? Han quitado parte de las vallas, han pintado los edificios, cuidado los jardines, arreglado los desperfectos… ¿Qué está pasando?

Espera, que viene lo mejor, y esto te va a sorprender tanto cómo a mí: al pasar por la puerta estaba llena de chavales. Me he quedado sorprendido cuando me he dado cuenta de que se apartaban para dejar pasar a las personas que iban por allí. En nuestros tiempos se habrían puesto en medio, y habrían soltado algún improperio para provocar.

No sé, a medida que iba visitando lugares, me he ido dando cuenta de cuánto cambia todo con el tiempo…

Voy a resumir algunas de las cosas que más me han sorprendido hoy en mi paseo:

-No he visto ni un solo cable con zapatillas colgadas en ellos. En su lugar, había pájaros cantando alegremente.

-No olía a droga en ningún lugar de todos los que he pasado. Ni siquiera aquellos en los que te colocabas solo con cruzar.

-Los jardines que antes estaban secos y sucios ahora están repletos de flores y plantas.

-Los caminos por los que sacábamos a los perros ya apenas se ven, la naturaleza ha crecido tanto que los ha ocultado.

-Han cerrado más de un tugurio de los que había.

-Hay una cantidad considerablemente menor de grafitis y vandalismo, parece un lugar nuevo.

En fin, se ve que todo ha cambiado a mejor.

Por cierto, cuando iba por el campo me he encontrado un tenedor igualito que los que teníamos en mi casa cuando era pequeño. Con el mismo dibujo grabado y todo. Se lo he enseñado a mi madre, y ha dicho de broma que “quizás era una señal”.

Yo sé que ella no lo decía en serio, pero me ha hecho pensar… Todo evoluciona, todo avanza, todo cambia… Y ese viejo tenedor tirado en el campo me ha recordado, en cierta manera, a nosotros. Al verlo allí, he pensado que, si todo ha avanzado, ¿por qué yo no?

Y entonces me ha dado por meterme entre las plantas para llegar a aquel edificio abandonado en el que escribimos nuestros nombres. ¿Sabes qué? Ya no estaban, el tiempo los ha borrado. Sin embargo, sí que permanecía allí, en lo alto de las ruinas, mi viejo apodo escrito. Lleva ya cerca de veinte años allí.

Una vez más, me ha hecho pensar… Siento como si, en cierta manera, siguiese atrapado allí, en aquellos días, anclado en el pasado por algún motivo. Quizás sea porque me resulta muy duro dejar atrás cosas… No lo sé, pero no quiero terminar sin sacar una conclusión de todo esto.

Todo avanza, todo cambia, todo evoluciona, y es hora de que yo también lo haga. Este barrio ya no es mi lugar, y sí, está lleno de momentos y recuerdos, pero ya forman parte del pasado.

Es hora de que yo también avance y comience a crear nuevas vivencias. Es hora de que siga caminando sin importar lo demás, aunque me cueste.

En fin, creo que voy a terminar aquí. He removido demasiado los recuerdos, y eso a veces es doloroso.

Supongo que te preguntarás cómo estoy yo. Bueno, estoy un poco perdido, aunque he estado bastante peor en el pasado. Otra vez el pasado, ¿lo ves? Vuelvo una y otra vez a él. La vida sigue, y sigo sin darme cuenta.

Ahora sí, voy a terminar aquí de verdad.

Respóndeme si ves que tal, no hay prisa. Quizás ni siquiera lo hagas, al fin y al cabo, ya nada es lo mismo.

Hasta la próxima.

Un abrazo.

miércoles, 1 de mayo de 2024

El Nómada III

 


Amaneció un día más en aquel devastado mundo. Un día más en el que tendría que continuar caminando por el sendero sin rumbo ni colores, totalmente desprovisto de cualquier atisbo de esperanza.

Un pie tras otro, así avanzaba sin saber hacia dónde. Un paso, otro… Y con cada uno, un nuevo recuerdo emergía en su memoria.

Se encontraba en lo alto de un risco, observando los alrededores en busca de algo, cualquier cosa o señal que le mostrase qué dirección seguir, pero nunca aparecía nada.

Echó la vista atrás, cómo si allí pudiese ver todo cuanto dejó en el viejo mundo. Su familia, sus amigos, su trabajo… Palabras que ahora carecían de sentido alguno.

«Palabras… Me pregunto si todavía quedarán escritores» pensó mientras se imaginaba a sí mismo escribiendo un libro.

Sacudió la cabeza para desprenderse de aquella idea. A fin de cuentas, tampoco debía quedar muchos lectores. En realidad, no debía quedar mucha gente en general.

Descendió del risco sintiendo una decepción que ya le acompañaba desde hacía tiempo. Otro día en el que no sabía qué rumbo tomar.

Caminó durante horas hacia lo que pensaba que era el Este. Siempre trataba de ir en esa dirección, pues tenía la esperanza de que allí donde el clima era más cálido, podría haber algún grupo de personas amigables. Tal vez allí encontraría una comunidad a la que pertenecer.

Aunque en realidad sabía que era improbable. A fin de cuentas, ni siquiera en el viejo mundo había llegado a encajar realmente en un grupo. Sonrió, sin saber muy bien por qué, pero lo hizo.

Se acercaba la noche cuando escuchó un estruendo lejano a sus espaldas, un trueno anunciando que se aproximaba una tormenta. Y ya no eran como antaño, ahora eran gélidas y ácidas. Tenía que buscar refugio dónde fuese, pero había un problema: estaba en mitad de un páramo completamente vacío.

Otro trueno, esta vez llegó a ver el relámpago, así que contó los segundos para hacerse una idea de a qué distancia se encontraba la tormenta. 1, 2, 3… 6 segundos, así que la tormenta estaba tan solo a 2 kilómetros de distancia. Debía darse prisa o sería alcanzado.

Caminó deprisa prestando especial atención a cualquier estructura que pudiese otorgarle cobijo. Finalmente llegó a lo que muchos años atrás debió ser una parada de autobús. No era mucho, pero por lo menos le cubriría de la lluvia.

Colocó una lona de plástico que llevaba en la mochila para reforzar su refugio y aguardó. La tormenta no se hizo esperar, primero unas gotas, luego un diluvio. Empezó a hacer frío. Frotó sus manos para calentárselas.

Estaba tumbado en el suelo medio dormido cuando el sonido de una tos le sobresaltó. Estaba muy cerca. Se levantó y se asomó detrás de la lona. Todavía llovía, y allí, totalmente empapada, había una niña de no más de 10 años.

¿Qué hacía allí? Pensó en todo lo que debía haber sufrido en aquel mundo podrido, y cometió una irresponsabilidad:

«¡Niña! ¡Ven aquí, resguárdate de la lluvia!» exclamó.

Ella dudó unos instantes, pero finalmente se cubrió con él. Tenía los ojos rojos, parecía haber estado llorando hacía poco. Al principio no dijo ni una palabra, pero gracias a la insistencia de él, terminó hablando. Llevaba bastante tiempo viajando con su tío, él había cuidado de ella desde el principio. Se sintió aliviado al saber que había conseguido mantenerla ilesa todo aquel tiempo.

También le contó que habían capturado a su cuidado hacía tan solo unas horas. Le dijeron que la entregase a un grupo de desalmados, y al negarse, le atraparon para esclavizarlo.

Él dudó unos instantes, pero finalmente le pudo el corazón. Le dijo a la niña que irían en su búsqueda. Para una persona buena que quedaba, no podía dejarla a suerte de unos asquerosos bandidos.

Esperaron a que amainase un poco y partieron al lugar en el que la niña vio por última vez a su tío. Siguieron las huellas que habían dejado, y les llevaron hasta una pequeña empalizada. Dentro no podía haber más de dos o tres personas.

Sacó su arma y se preparó, a sabiendas de que tan solo tenía una única bala. Dio una patada a la puerta mientras rezaba por que no tuviesen armas de fuego.

En el interior dos hombres sucios y desaliñados estaban sentados tirándole piedras al que debía ser el tío de la chica.

«No mováis ni un pelo» ordenó mientras les apuntaba. Ellos se quedaron petrificados, pero obedecieron. Él le dijo a la chica que fuese a desatar a su tío. Cuando estaba a su lado, uno de los hombres sacó un puñal y se abalanzó sobre ella.

Por suerte él actuó rápido y fulminó de un disparo al atacante antes de que consiguiese herirla. El otro bandido se quedó pálido de terror. Había gastado su última bala, pero al menos había salvado la vida de aquella niña.

Desató a su tío, que acto seguido acabó con el captor que quedaba.

«Gracias» dijo mientras abrazaba a su sobrina «¿Cómo puedo agradecértelo?» preguntó.

«Sigue manteniendo a la niña a salvo, eso será suficiente agradecimiento» contestó él.

El hombre sonrió y le abrazó. Llevaba años sin sentir el calor de un abrazo, más que eso, llevaba años sin tocar a una persona de manera no agresiva. Aquello le reconfortó.

«Ven con nosotros, vamos tras un lugar seguro» dijo.

Él dudó.

«Hemos oído de buena mano de un refugio a unos días de aquí, allí hay gente buena» insistió el hombre.

Finalmente accedió, al fin y al cabo, tampoco tenía dónde ir.

 


lunes, 29 de abril de 2024

32



Hoy, 29 de abril del 2024 cumplo 32 años.

384 meses, 1.668,57 semanas, 11.680 días...

La vida a veces es complicada, dura, y en ocasiones insoportable... Pero hoy no quiero centrarme en eso.

Porque sí, puede costar más o menos, pero aquí sigo, aquí seguimos. Un día más, un año más.

A lo largo de estos 365 días han sucedido muchas, muchísimas cosas. Más de las que esperaba que pasasen. Ha habido momentos muy tristes, y otros muy felices.

Las dos caras de una moneda que no cesa en su girar. Sol y sombra, luz y oscuridad.

La eterna dualidad de la vida... Pero, ¿que sería de esta sin ella?

Parte de la gracia de la vida está, precisamente, en que no todo es tan sencillo.

Hoy cumplo un año más, y me siento agradecido por lo que tengo, pese a lo que pueda parecer a veces.

Así que doy gracias a la vida, a mi pareja, a mis padres, a mí hermana, a mi abuela, a mis suegros... Doy gracias a todo aquel que permanece en mi vida a día de hoy, pero también doy gracias a todos aquellos que pasaron por ella, y que dejaron su huella y su granito de arena.

Pues es gracias a todo lo que he vivido y a quienes tengo a mi lado ahora mismo, que soy quien soy. La persona en la que me he transformado a lo largo de estos 32 años no sería posible sin todo lo que llevo conmigo.

Así que, gracias, mundo, gracias vida.

Y gracias, Laura, mi pareja, por todo el apoyo que me das a diario.

Brindemos por un año más en este viaje.

lunes, 15 de abril de 2024

El Nómada II

 


Llevaba una semana vagando de un lugar a otro. A veces soñaba con encontrar un lugar en el que asentarse y pasar el resto de sus días, pero sabía perfectamente que aquello no era más que un sueño que jamás vería cumplido.

Su camino le hizo toparse con lo que quedaba de una vieja casa de piedra. Tenía un enorme jardín en el que quedaban los restos de lo que parecía haber sido un huerto.

Observó con sus ojos cansados las ruinas que se erguían ante él. Casi podía ver a una familia viviendo allí. Por un momento pareció teñirse todo de colores. Pudo ver a dos personas labrando el campo, mientras que otras dos cosechaban los cultivos. Le pareció incluso escuchar a una vaca mugir, seguramente alguien la estaba ordeñando.

Leche fresca… Leche en general, hacía tanto tiempo que no la probaba que apenas recordaba su sabor. Y sabía que nunca más lo volvería a hacer.

Sacudió la cabeza, había comenzado a llover, y dio la sensación de que las gotas de agua habían borrado todo rastro de color.

Suspiró y recordó a su familia. Sus padres solían vivir en un lugar parecido a aquel. Sabía que lo que creía haber visto no eran sino recuerdos de su propia infancia.

«Oh, mente traicionera… Siempre me haces recordar tiempos mejores» pensó mientras se acercaba a la puerta de la casa pistola en mano.

No pensaba que hubiese nadie dentro, pero toda precaución era poca dada la situación. Empujó la puerta con cuidado y se asomó despacio.

Vacío, literalmente vacío. Ni siquiera había polvo allí. Y eso no le gustó ni un pelo. La ausencia de polvo mostraba la presencia de movimiento.

Retrocedió lentamente sin dejar de empuñar el arma, podía aparecer alguien en cualquier momento. Trató de agudizar el oído, pero la lluvia ya caía con fuerza otra vez, y eso dificultaba escuchar.

Un paso, dos, tres fueron los pasos que alcanzó a dar hasta que notó algo detrás de él.

  —No muevas ni un pelo —dijo una voz grave.

Él no contestó, sabía que nada que dijese podría mejorar su situación.

  — ¿Qué haces en mi hogar? ¿Has venido a robar? —preguntó la voz grave.

Él negó lentamente con la cabeza.

  — ¿Entonces? ¿Estás huyendo de algo?

Asintió.

La persona de la voz grave resopló.

  —Hoy en día todos huimos de algo, hijo —dijo con un tono más amigable.

Él dudó unos instantes antes de enfundar su arma.

  — ¿Guardas la pistola? Es un gesto muy estúpido por tu parte, pero también de buena fe.

Fue ahí cuando supo que había actuado bien.

  —Mira, haremos una cosa… Te voy a encerrar en una habitación, pero no me malinterpretes, lo hago por seguridad. En cuanto amaine la lluvia, te marcharás. ¿Qué te parece?

Él asintió. Sabía que aquello bien podía ser una trampa, pero tampoco había alternativa.

La persona de la voz grave le indicó que entrase en la casa y le llevó por ella hasta una habitación. Le ordenó entrar, y cerró la puerta. Pudo escuchar un candado cerrándose al otro lado.

Observó su celda temporal, tenía una cama vieja y roída, una cómoda… Y poco más.

Se sentó en el colchón mugriento y aguardó pacientemente. Al cabo de un rato escuchó pisadas acercándose a la puerta.

  —Te he traído algo de comer. No es gran cosa, pero al menos te ayudará a recuperar algo de energía —dijo la voz grave.

Vio como una pequeña trampilla se abría en la parte baja de la puerta, y una mano empujó un viejo plato de hojalata con algo en él.

Se acercó a inspeccionarlo. Parecía algún tipo de pan casero. No sabía si comérselo, podría estar envenado. Tal vez le drogase. Olía bien, parecía recién hecho.

Casi sin darse cuenta, ya se había comido gran parte del pan. Pensó para tranquilizarse que no tendría sentido que le envenenase, pues, si quisiera matarlo, ya lo habría hecho.

Fuera se escuchaba como la tormenta empeoraba por momentos. Truenos, viento, un diluvio.

  —Parece que vas a tener que pasar la noche aquí —dijo la voz grave —. En la cómoda hay unas cuántas mantas, siéntete libre de utilizarlas.

Él cogió algunas y se tumbó sobre la cama. Era realmente cómoda pese al aspecto cochambroso que tenía. Se quedó dormido irremediablemente.

Se despertó a saber cuántas horas después. Se incorporó y miró a su alrededor. ¿Realmente estaba allí?

Se fijó en que había otro pan y una botella de agua delante de la puerta. También una nota.

«Te he dejado esto para que desayunes. Yo me voy, pero cuando vuelva, espero que te hayas ido. No es nada personal, pero hoy en día no puedes fiarte de nadie. Espero que te vaya bien en tu viaje y que sobrevivas. Suerte.»

Entonces se percató de que la puerta estaba entornada.

Engulló el pan y bebió la mitad de la botella, guardó el resto para más tarde. Echó una última mirada al lugar y retomó el camino.

Aquella noche había sido un regalo para él. Comida, cama, refugio… No podía pedir nada más. Sin embargo, ahora le aguardaba el camino, otra vez. Y sabía que posiblemente, no volviese a tener esa suerte nunca.

Se giró una última vez para observar la casa. Le pareció ver a un hombre en una de las ventanas. Incluso le pareció que se despedía de él con la mano. Quizás no era más que una alucinación. ¿De verdad quedaba gente buena en el mundo?

Acomodó su mochila y caminó ya sin mirar atrás.

sábado, 13 de abril de 2024

El Nómada I

 


Llevaba días caminando sin rumbo ni destino. Tan solo avanzaba, sin siquiera cuestionarse por qué lo hacía. Un pie tras otro, paso a paso.

Observó el entorno que le rodeaba, todo carecía de color, hacia tiempo que la escala de grises se había adueñado del mundo y había despojado al resto de tonos para siempre.

«Siempre…» pensó mientras sacudía la mochila que llevaba a la espalda.

Ese concepto le resultaba extraño. Si no hallaba algo de comer pronto, conocería lo que era descansar para siempre.

Anduvo sin descanso hasta que llegó la noche. Cerca de él tan solo ruinas, y ninguna le otorgaría refugio suficiente.

Suspiró mientras contaba la munición que le quedaba en la vieja pistola que portaba. No tardó demasiado en terminar, una única bala en la recámara aguardaba pacientemente.

Eso era todo, 8 gramos de plomo es cuanto hacía falta para acabar con todo. Algo tan pequeño podría causar algo tan grande, tan eterno.

Echó otra ojeada a las ruinas que le rodeaban. Pensó que lo más sensato sería ponerle fin a todo, así al menos descansaría. Y quién sabe, quizás incluso se reuniría con sus seres queridos.

Estaba tan concentrado en sus pensamientos que apenas se percató cuando un sonido atronador llegó llevado por el viento.

«Un disparo» pensó.

Tenía que actuar rápido, pues ya no solo la noche le acechaba. Se acercó a las ruinas y buscó una decente. No iba a cometer el error de ocultarse en la más estable y segura, pues aquello sería demasiado evidente y le pondría en peligro.

Entre todas ellas divisó una. Antaño debió ser una tienda, pero ahora solo quedaba un muro y medio, parte del suelo, y el mostrador. El resto no era más que escombros.

Se acercó al viejo mostrador de madera, aunque sabía perfectamente que allí no habría nada para comer. Seguramente había sido saqueado varias veces a lo largo del tiempo.

En efecto, estaba completamente vacío, aunque todavía conservaba las puertas corredizas en las que solían almacenar enseres. Aquello le serviría como refugio.

Primero acomodó la mochila en el interior, y después se metió él mismo dentro. Cerró la puerta y aguardó.

Estaba estrecho, lleno de polvo y olía a humedad, pero al menos le resguardaba del frío de la noche y de otros posibles supervivientes.

Antaño habría elaborado alguna estrategia para vigilar a las personas que habían causado el disparo, por si eran buenas y podían ayudarse mutuamente. Sin embargo, ya hacía bastante tiempo que no quedaban buenas personas, y él lo sabía perfectamente.

Y, si quedaba alguna, estaría escondida en algún armario, cómo él.

Cerró los ojos y trató de dormir.

Cuando despertó pudo escuchar que fuera estaba lloviendo. Llovía mucho últimamente, aunque por suerte ahí dentro estaba cubierto. Decidió esperar a que amainase, y después salió y se puso en marcha de nuevo.

No pudo ver huellas, pues la lluvia había borrado todo, pero tampoco veía signos de que hubiese alguien cerca, así que continuó su camino sin rumbo.

Llegó a una colina bastante alta, pensó que tal vez desde arriba podría ver algo interesante, así que ascendió con cuidado entre las rocas y el barro.

No muy lejos de allí divisó una vieja carretera, y por ella caminaban un hombre con un carro de la compra y un niño a su lado. Recordó un viejo libro, pero podría tratarse de cualquiera. Dudó sobre si acercarse a ellos, tal vez fuesen buenas personas. Iba un niño, y eso era buena señal. ¿Quién sino una buena persona viajaba con un niño ileso en aquellos tiempos?

Finalmente decidió no acercarse, pues, pese a que su instinto le decía que eran buena gente, sabía que era peligroso.

Se sentó allí arriba, observando todo en la distancia. Hizo memoria, apenas recordaba la última vez que vio algo natural de color verde.

Suspiró agotado y emprendió de nuevo la marcha, sin saber hacia dónde dirigirse, ni por cuánto tiempo.

martes, 19 de marzo de 2024

Ron con limón



Antes de comenzar esta entrada me gustaría disculparme por llevar tanto tiempo sin publicar nada.

Han pasado muchas cosas en los últimos meses, y todo se me ha ido un poco de control.

He seguido creando, eso siempre, pero sí es verdad que he dejado un poco apartado el blog.

Lo siento.


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Entre furioso y entristecido pegó el último trago a su copa. Sentía cómo su sangre hervía, y su mente, ya nublada por el alcohol, se volvía cada vez más turbia. Apretó el vaso, con tanta fuerza que estuvo a punto de reventarlo. Tuvo tentaciones de estrellarlo contra la pared. Quizás algo de destrucción le hiciera sentir mejor. Sin embargo, lo dejó con desgana sobre la barra del bar.

Observó a su alrededor, aunque su visión borrosa y balanceante no le permitían captar todos los detalles del lugar. Pensó en pedirse otra copa, tal vez un poco más de aquel veneno le ayudaría a calmar el sentimiento que le corroía por dentro. Miró al camarero, que estaba sirviendo unas cervezas a un grupo de jóvenes.

Se fijó entonces en ellos; todos parecían contentos y cómodos. Él resopló y decidió irse a otro bar. Pagó la cuenta y comenzó a caminar por una ciudad ya durmiente debido a las altas horas que eran. Ciudad oscura y triste.

No tardó mucho en toparse con otro tugurio abierto. Otras cosas no, pero tabernas se podían encontrar a todas horas.

«Mundo de tristes borrachos en el que me hayo» pensó mientras se daba cuenta de la ironía.

Entró en aquel bar con la esperanza de que no hubiese mucha gente allí. Aunque no iba a engañarse, seguramente estaría lleno. Para su sorpresa, apenas había tres mesas ocupadas. Se acercó a la barra, él no era del tipo de persona que se sentaba en las mesas; eso se lo dejaba a aquellos que iban acompañados.

Pidió una copa de ron con limón y contempló el lugar. No era nada destacable, se trataba del típico garito; unas mesas, decoración desfasada, algunas máquinas tragaperras, los baños al fondo a la derecha…

«Los baños» pensó. Se acababa de dar cuenta de que llevaba más de media hora con ganas de orinar.

Pegó un trago a la copa que le acababa de servir el camarero y se dirigió al baño.

Estaba en mitad del proceso cuando su cuerpo se tambaleó por la voluntad del alcohol, haciendo que se mojase el pantalón de forma bastante evidente. Lejos de enfadarse, comenzó a reírse, pero no porque le hiciese gracia. Era más bien una risa de desesperación, de esas que no estás seguro de si te están salvando o acercándote más a la locura. Se secó como pudo con el escaso papel higiénico que quedaba, se lavó las manos y volvió dispuesto al reencuentro con su mejor amigo: el ron con limón.

Sin embargo, una ira irracional le invadió al comprobar que, no solo su copa estaba vacía, sino que encima alguien se había sentado en su sitio. Se acercó echando humo y puso la mano sobre el hombro de aquella persona.

  —Disculpa, amigo. ¿Te has bebido mi copa? —preguntó sin apenas vocalizar.

El hombre, cuya estatura era un poco más baja de la media, y con algo de sobrepeso, se giró hacia él con una sonrisa.

  — ¿Era tuya? ¡Qué mal gusto tienes! ¿Quién bebe ron con limón hoy en día? —preguntó con total confianza.

Le pilló totalmente por sorpresa, tanto que no sabía si enfadarse o sentarse a tomarse algo con él.

  — ¡Camarero, ponle a este hombre algo decente! —dijo de pronto.

  — ¿Qué tiene de malo el ron con limón? —consiguió decir.

Solo obtuvo una risa como respuesta, y el camarero le sirvió una copa con algo de color naranja en su interior.

  —Prueba esto, anda. Verás que bueno. ¡Camarero! ¿Y el aperitivo? —dijo el hombre.

Dudó unos instantes, pero finalmente acercó una silla y se sentó junto a él. Pegó un trago a la bebida.

  — ¿Qué tal está?

  —Bueno, no es ron con limón, pero está bueno —contestó.

Y entonces sucedió algo que llevaba tiempo sin ocurrir. Tanto que ni siquiera recordaba la última vez: una ligera carcajada sincera se escapó por su boca.

  —Si quieres te pido otra copa de esas que tanto te gustan y me bebo yo esta —dijo el hombre mientras hacía amago de cogerla.

  —Eh, ni se te ocurra —contestó mientras agarraba el vaso y pegaba otro trago.

  —Venga, reconócelo. Está más bueno que lo otro. Me llamo Kevin, por cierto —dijo mientras extendía su mano.

Él dudó unas milésimas de segundo, pero finalmente se la estrechó.

  —Yo soy Jack.

Kevin le miró con una sonrisa socarrona.

  —Te falta algo —dijo.

Jack le miró extrañado.

  — ¿Eh? —preguntó.

  — ¡Pues reconocer que el cóctel está más bueno que tu orina de burra!

Otra vez sucedió, pero esta vez más fuerte que antes; Jack comenzó a reírse.

  —Vale, vale. Tú ganas, está más bueno.

Kevin esbozó una sonrisa enorme y se puso en pie.

  —Bueno, creo que es hora de irnos.

  — ¿Irnos? ¿Hablas en plural? —preguntó Jack.

  — ¡Para nada! Venga, levanta y vámonos.

Jack dudó, pero finalmente accedió. Total, tampoco tenía mucho que perder.

  —Te advierto que no llevo nada de dinero, y mi móvil es de gama baja y tiene 5 años ya —dijo Jack.

  — ¿Qué? —preguntó Kevin confuso.

  —Por si tu intención es atracarme. Así te ahorras la sorpresa de ver que no tengo nada —contestó Jack sin poder contener la risa.

  —Me has pillado… Me va a tocar buscarme otra víctima…

Ambos salieron de allí entre risas y bromas. Caminaron por una ciudad que ya no parecía tan oscura ni tan triste, hasta llegar a un puente.

  — ¿Qué hace una persona cómo tú sola a estas horas? —preguntó Jack.

Kevin le miró confuso.

  — ¿A qué te refieres?

  —Bueno, es evidente que no eres ningún rarito sin carisma ni habilidades sociales. No entiendo qué haces a estas horas un fin de semana en vez de estar con, no sé, tus amigos.

  — ¡Ah! Es que no tengo amigos —contestó.

Lo había dicho muy serio y convincente. Demasiado para ser una broma.

Jack se quedó en silencio esperando una explicación.

  — ¿Qué? ¿Estás esperando una explicación? —preguntó Kevin.

Jack asintió.

  — ¿Y tú? ¿Qué haces tú solo?

  —Tampoco tengo amigos —contestó Jack.

  —Jack, tengo una proposición para ti. Eres la persona indicada —dijo Kevin de pronto.

  — ¿Qué? —preguntó Jack con el ceño fruncido.

Kevin se puso de rodillas.

  —Jack… ¿Me harías el honor de ser mi amigo? —preguntó.

  —Nada me haría más feliz —contestó Jack.

Los dos comenzaron a reírse sin saber que aquello era el comienzo de algo mucho más grande.

Madre

  Es fascinante cómo cambia nuestra perspectiva de las cosas a medida que crecemos, maduramos, vivimos… No sabría decir si hace mucho o po...