Estamos en una era en la que conectar con otras personas es más sencillo que nunca. Hay mucha más accesibilidad a información, datos, personas… Ahora podemos mandarle una “carta” a alguien en la otra punta de la Tierra en apenas segundos.
Tenemos la posibilidad de conocer muchas y diversas
opiniones, de hablar, de debatir… De comprender.
Últimamente se escucha aquello de que el mundo es un lugar
más comprensivo ahora, más tolerante, más inclusivo…
Sinceramente, para mí es una disonancia cuando nos paramos a
analizar algunos datos. No entraré en detalle, todos sabemos bien que la
estadística tiene una profundidad enrevesada, pero sí es una realidad que la
cantidad de suicidios o intentos de ello, así como el consumo de
antidepresivos, ansiolíticos y benzodiacepinas ha aumentado de manera
alarmante, y sin vistas de descender a corto plazo.
Hoy mismo he leído otra noticia sobre un caso de bullying
que ha terminado con un adolescente quitándose la vida. No es ninguna novedad,
por desgracia.
Pese a que nos empeñamos en ver el presente como algo mejor,
como algo bonito, e intentemos, como sociedad, mirar hacia otro lado ante los
problemas evidentes, el mundo sigue siendo un lugar que deja mucho que desear.
Y podríamos seguir si profundizamos en el tema de la
criminalidad o de las adicciones. Y mejor no hablar del aumento drástico de las
personas en situación sin hogar.
Es evidente que las cosas no están yendo del todo bien, que
todavía queda mucho trabajo por hacer, y que hay muchas personas que se sienten
perdidas y desamparadas.
Podríamos abrir un largo debate sobre a qué se debe todo
esto.
¿Es culpa nuestra como personas? ¿Es culpa nuestra como
sociedad? ¿Es culpa de alguien más?
Todos podemos mirar hacia adentro, hacia los lados, hacia
arriba… Pero la realidad es que mucha gente prefiere, simplemente, no mirar
hacia ningún lado.
“Ojos que no ven, corazón que no siente”, y así sigue la
sociedad con una venda sobre sus ojos. Caminando en línea recta hacia un
desfiladero, sin siquiera detenerse un segundo a cuestionar.
Y la realidad es que, tal vez nuestro corazón no sienta ese
dolor, pero… ¿Qué hay del corazón de la persona que tenemos al lado? ¿Qué hay
de todo ese dolor que aumenta? ¿Dónde quedan todas esas personas que se sienten
solas y perdidas? Quizás, si nos atreviésemos a mirarnos a los ojos los unos a los
otros, el mundo sería un lugar distinto.
Es entristecedor ver cómo, pese a todas las posibilidades
que estos tiempos nos ofrecen, el ser humano parece estar cada vez más
desconectado de todo y todos cuanto nos rodea.
Quizás nos quede un largo recorrido para lograr construir un
mundo mejor para todos, un mundo en el que cada persona pueda ser quién
realmente es, sin temor a ser juzgado, criticado, o atacado por aquellos que
desprecian o temen todo aquello que no comprenden.
Tal vez pensar en un mundo así no sea sino una utopía, una
ensoñación de un iluso que se niega a dejar de soñar.
Y con todo ello, me gusta pensar que estamos encaminados,
que vamos en buen rumbo para acercarnos a ello.
Pero dudo de ello, dudo de todo.
“Dudar es de sabios, solo un necio da las cosas por
sentado”.




